miércoles, 26 de abril de 2017

46.- CAPÍTULO XXIV. Los emboscados: "Entre la historia y la leyenda"

Se narraban hechos protagonizados por ellos, en los que despliegan un alarde de estrategias que no distan mucho de las ya legendarias cuadrillas de los tiempos de la Guerra de la Independencia y otras más anteriores.
Es de muchos conocido que los emboscados se reúnen en celebraciones y meriendas con personas de los distintos pueblos cercanos al territorio por el que se ocultan, de su entera confianza y es así como se informan de las actuaciones policiales que se van a llevar a cabo contra ellos.
Ni que decir tiene, que a los niños, nos decían algo así como “¡que vienen los emboscados!” para evitar que nos alejásemos de los fardeles de las madres. Por lo que, los más crédulos, cuando los últimos rayos de sol se ocultaban tras las montañas y los tupidos bosques daban la sensación de convertirse en el refugio perfecto de aquellos casi mitológicos personajes, regresábamos presurosos de nuestras tareas como la de buscar la leñan caída en los eucaliptos, muy apreciados para encender el fuego de la cocina o las hojas caídas de los castaños para cubrir la cama de las vacas; o cuando en el otoño salíamos al “busco” de castañas y nueces caídas por el viento.
No todas sus aventuras dejan igual sabor de boca. Algunas de ellas se consideran ciertas, porque fueron refrendadas por algún testigo directo en ellas. La totalidad de esos sucesos supuestamente reales, con el paso del tiempo, sufrieron la metamorfosis de todas las historias de transmisión oral y pasaron a ser verdaderas leyendas, indiscutibles ya a causa de la desaparición de los protagonistas y antagonistas.
Existe la tendencia de cada narrador de añadir u omitir datos, según el punto de vista personal o movido por algún tipo de interés ya sea económico, político, familiar o de mero estilo narrativo, al estilo juglar.
Por otra parte, según va pasando el tiempo, hay datos que ya no deben salir a la luz, porque únicamente serviría para dañar a quienes no tomaron parte en tales acciones, ni tampoco remediar ni cambiar los hechos trágicos que afectaron a sus familias en uno u otro sentido. ¿Olvidarlo, entonces? Tampoco es conveniente soterrar este período de nuestra historia, porque a muchas de estas personas que tuvieron que vivir escapados, les cambió la vida y no hubo ningún tipo de justa justicia, valga la redundancia, que les resarciera de sus penurias. No estaban huidos por gusto ni placer, aunque eso pareciese, pues tuvieron que adaptarse a ese tipo de vida. Algunos pudieron emigrar a tiempo, los menos afortunados, bajo un montón de rocas, en simas o simplemente muertos de frío y enfermedad por las cuevas. Otros se entregaron con el señuelo de obtener un aval, pero acabaron en la cárcel, cuando no en las fosas comunes de los cementerios, sin absolución civil ni religiosa: al fin y al cabo eran rebeldes al yugo y a las flechas. Los últimos maquis de la cornisa cantábrica.
Hay ya varios libros donde se narra con más detalle la vida de estos personajes.
Se contaron acciones, cuya autoría quedaba rubricada por la categoría personal o social de los testigos que las vivieron. También se les atribuyeron otras sin más razón que añadir leña al fuego y convertirlos en poco menos que alimañas a las que había que dar caza. Así algunas de ellas:
1. Una noche se llevan el toldo del carro con el que Felipe Concha recogía la leche por los pueblos y la bajaba a vender a Llanes.
Instalaba el puesto en el Cotiellu; allí acudía diariamente sus habitual clientela con un recipiente para llevarla la casa. La leche sobrante la entregaba en la fábrica de quesos “SADI” instalada en el barrio de san Antón.
2. En otra ocasión, se presentaron en la tienda de comestibles en Meré y le exigen al dueño que les abone cuarenta mil pesetas que dice no tener disponible en ese momento. Ellos, quizás porque estaban bien informados de que pudiese tener en casa dicho capital, una cantidad más que suficiente para la época, pues con ella se podía comprar una buena casa con finca incluida o incluso construirla nueva.
Se llevan al hijo como rehén hasta que haga la entrega del dinero, para lo que le dan ocho días de plazo máximo. Además, por supuesto, le recomiendan que no lo denuncie en el cuartel ni lo comente con nadie.
Antes del plazo acordado, se cumple el pago y el rapaz es puesto en libertad y dejan tranquilo al comerciante. Pero como en los pueblos todo se sabe, la operación no tarda mucho en llegar a las oficinas del cuartel y sin más tardar se presenta la pareja de guardias en la tienda. Le ponen en conocimiento que, aparte de echarle una multa por colaboración con los fugados, irá a la cárcel.
3. Aprovechando el día de la matanza del cerdo en una casa de campo, entran en el local de secado donde cuelga al sereno toda la pieza, y cargan con ella.
Mientras tanto, los participantes en la “morcilla”, hacían honor a la labor de la mondonguera, mujer asalariada que aquellos días que duraba el matacíu, vestía el mandil de jefa de cocina. La cena empezaba con una exquisita sopa de picatosta con abundante en ajos, pan, menudillos y callos. Seguían con las humeantes morcillas salidas de la olla latonada que colgaba de las reciellas sobre el llar. No faltaba alguna rodaja de uno de los lomos del animal, para añadir al plato del matador y de los que habían tenido por la pata ya que el otro, junto con uno de los brazuelos, se conservaban para la elaboración de los chorizos. El efecto del vino de la cena mezclado con los licores servidos tras el café de pote, hicieron el resto. Con las acaloradas conversaciones cruzadas en el comedor, se evitó que alguien percibiese los ladridos del perro amarrado en la corralada y se evitó quizás, un final menos feliz de aquel suceso.
4.- Un año, por la fiesta de San Miguel en Purón, se presentaron en la bolera ocho de los últimos hombres de la zona que aún huidos por el monte.
Uno de los participantes en aquel suceso de Purón con el que trabé amistad un viernes en la feria de Posada me contó tal como fue.
“Yo con cincuenta y cinco años me sentía ya cansado y viejo como para vivir de esa forma. Habían sido diez largos años oculto por el monte y otros quince en la cárcel a donde fui a parar, como me dijeron “para redimirme por mi delito de sedición, por alistarte como voluntario con los rojos en lugar de servir a nuestras tropas nacionales.
Aquel día, en el momento que la fiesta había parado y la gente del pueblo se había ido a sus casas, arrastrando con ellos a otros conocidos suyos y de mayor confianza. Me quedé en la bolera con otros como yo sosteniendo el mostrador con el pretexto de dar término a una botella de sidra y un cubilete de avellanas para entretener el hambre.
Por el camino que baja de Las Conchas, llegó un grupo de ocho hombres que se llegan al puesto de sidra de Felipe Concha, “El Coxu” de Porrúa y le piden dinero. Le cogen las monedas de la caja que serían como mil pesetas entre todo tipo de calderilla y billetes de peseta y a duro.
Junto a mí, en el mostrador quedaba un tal Cosme, indiano vecino de Felipe que había venido para disfrutar con su familia un mes de aquel verano, después de muchos años sin poder hacerlo.
Los guardias también se habían ido a cenar invitados en una de las Casas del Candal, como era costumbre en todos los pueblos a los que acudían como autoridad de orden. Si los guardias veían que el ambiente se caldeaba, para evitar peleas, tan frecuentes cuando el alcohol discurre por las venas de los más impulsivos, ordenaban parar la música y los asistentes desfilaban en grupos, cada cual para su casa o lugar.

Felipe, levantando la pernera del pantalón les mostró su pata de palo y les ruega clemencia, pues era su modo de ganarse la vida. Le preguntan de dónde era.
Somos los dos de Porrúa – contesta Cosme y confirma Felipe.
– Nos basta con la referencia que tenemos de usted, le dicen a Cosme y le entregan la caja a Felipe; acto seguido se dirigen a una de las casas.
Pican a la puerta y al abrirse el cuarterón ven a la familia y otras personas más que estaban sentadas a la mesa, dispuestos para cenar. Saludan con educación y les piden que se les haga sitio, porque ellos no habían comido en todo el día.
Se aprietan en los bancos y colocan cuatro platos más, mientras que los otro cuatro aguardan vigilantes en la corrada.
– No jueguen – advierten a los comensales – y dejen las manos quietas que pueden romperse los platos.
Después de cenar los primeros, hacen el cambio de turno y cena el resto del grupo.
Salen de casa y antes de cerrar la puerta, les advierten que no salgan hasta calcular que ellos ya hayan salido del pueblo. Les dan las gracias por la cena tan exquisita con que les habían obsequiado y se despiden hasta el año venidero, con total normalidad, tal que allí no hubiese pasado nada especial".



jueves, 20 de abril de 2017

45.- CAPÍTULO XXIII. "Los emboscados de Sotres"



“Los hechos ocurren en una casa entre Sotres, pequeño pueblo del municipio cabraliego en la provincia de Oviedo, como entonces se denominaba, y Tresviso, pequeño pueblo, a la vez que capital y municipio de la provincia de Santander. Es una casa de monte destinada a la ganadería de vacuno, ovino y caprino, principal medio de vida de los vecinos de ambas localidades.
En esta casa se dieron cita a ocho de los emboscados de esta zona de los Picos de Europa a la que también están invitados otros ocho hombres más, vecinos de ambos pueblos, en torno a una mesa. Cabe pensar que hubiese entre ellos otras relaciones o vinculaciones de tipo familiar y amistosa, puesto que en aquellos tiempos de la posguerra, había que mirar muy bien las compañías que se tenían y los temas que se podían tratar.
Esta supuesta comida de hermandad no es otra cosa que una trampa bien orquestada: alguien de entre los invitados ya había dado el chivatazo en el cuartel de Carreña, con todo detalle de la fecha y la hora del evento. O bien pudiera ser que todo partiese de la autoridad que forzase a algunos de los asistentes a prestarse de judas.
Cuando ya estaba dispuesta la comida, les avisan a los comensales que vayan entrando dentro de la casa, pero que dejasen fuera sus fusiles apoyados contra la pared. Este detalle no puede pasarse por alto, pues demuestra la buena relación que tenían los emboscados con el resto de los allí asistentes.
Los guardias, con bastante antelación a la llegada de los invitados, ocupaban los puntos más estratégicos desde los que podían controlar cualquier movimiento de los concentrados en la casa. Técnicamente los tenían rodeados por los cuatro vientos, para prevenir la fuga por la puerta y ventanas de la casa o del pajar de la cuadra colindante.
La acción es comenzada por el grupo uniformado que lanza una granada y estalla no muy cerca de la casa, pero su ruido es suficiente para poner en marcha la operación.
El que parecía capitanear al grupo de emboscados se levanta y sale afuera sin tomar ninguna precaución convencido de que aquella explosión había sido una broma, puesto que no era raro encontrar munición de todo tipo, tirada por los montes. Por lo que se ve, había allí alguien más de su entera confianza y cachaza como para osar gastarla.
– “Fulano”, siempre estás igual: ¡Cuándo vas a madurar! – Le recriminó sin mostrar demasiado enfado con el posible autor del estruendo.
Nada más acabar de decir esas o parecidas palabras, recib en el pecho una descarga de plomo, pero aún conservó el aliento para avisar al resto de compañeros que ocupaban el banco alrededor de la mesa.
¡Defendeos que nos matan! – fueron sus últimas palabras antes de caer al empedrado junto a una de las esquinas de la casa.
Los siete compañeros que quedaban dentro, pistola en mano ocuparon todos los huecos de la construcción ya fuesen ventanas o milanas del jenal.
Un noveno componente del grupo de fugados, estaba desde hacía unos días oculto en su propia casa familiar, pues estaba aquejado de una tos pertinaz que podía delatar la situación de su refugio. Era consecuencia del intenso frío invernal al que se había sumado aquel viento venido de las blancas montañas que penetraba en los huesos como afiladas agujas de hielo, tras la entrada de la nueva estación primaveral. La humedad junto con la pésima alimentación que llevaban por las covachas y cabañas de los Picos de Europa no habían colaborado a mejorarla ni mucho menos a curarla.
Un pastor que regresaba de la majada fue testigo presencial de toda la operación desplegada en torno a los buscados. Antes de llegarse al pueblo, pasó por la casa del emboscado enfermo para advertirle del peligro que corría si se le ocurría moverse de donde estaba en aquel momento, por más disparos que escuchase.
– Todos tus compañeros están cercados en la casa de arriba por un grupo de ocho guardias civiles. Así que mejor no se te ocurra salir de donde estás si quieres tener alguna posibilidad de salir de ésta con vida.
A pesar de su precaria salud, al escuchar lo que su amigo le estaba contando y a pesar de los consejos dados por su bien, pareció sentirse lleno de una primaveral energía y terciando la canana al hombro tomó el fusil y salió de la casa. Corriendo veloz y sigiloso como un gato montés fue a esconderse de roca en roca hasta colocarse detrás de una más grande de todas que lo protegía totalmente, justo a espaldas de los mismísimos guardias.
Tres sonidos secos y sus respectivos ecos en los alejados cerros acompañaron a los tres cuerpos que dejaron para siempre sus últimos alientos diluidos en el frío viento que lamía las brañas. El resto de componentes de la brigada encargada de llevar a cabo la batida, echó a correr praderas abajo como almas que lleva el diablo, perdiendo en la huida sus negros y lustrados tricornios.
Salieron de la casa los siete fugados y tomando los fusiles que seguían apoyados contra la pared de la vivienda, los dispararon contra los que trotaban y daban tumbos peñas abajo, pero sin producir ninguna baja.
Los siete compañeros como se vieron ya libres de todo peligro suben hacia donde yacían los tres guardias y en el bolsillo de una de las guerreras encuentran la denuncia que les había llevado allí. En ella figuran los nombres de los dos vecinos allí presentes como delatores. Al menos se puede presumir que los otro seis vecinos invitados de ambos pueblos no están implicados ni eran conocedores de lo que se había tramado, pero era preciso comprobarlo antes de nada. La confianza era un gran riesgo que había que cuidar. Sin decir palabra sobre el papel encontrado, se llevan con ellos a los ocho paisanos junto con las dos mujeres que habían preparado la comida, hasta que se pudiese esclarecer toda la trama.
Transcurridos dos meses, las dos mujeres y seis de los vecinos regresan a sus respectivos hogares. Previamente a ese momento, sin poder determinar una fecha exacta, una noche se escuchó a a los perros de la casa ladrar. Su dueña abre el cuarterón de la puerta y ve un rebujo de manta sobre el banco de madera al lado de la puerta. La toma con cuidado y la mete dentro de la casa. La despliega y descubre con alegría y gran ternura de abuela una tierna flor recién nacida del rosal familiar que recoge contra su pecho y pone al calor del llar.

Un largo período de tiempo después, alguien informa a los fugados del contenido de un bando que la Comandancia había dado a conocer en el tablón de anuncios por el que se concedía la amnistía y perdón a los fugados que se entregasen a los dictados de la justicia, la ley y el orden.

sábado, 8 de abril de 2017

44.- CAPÍTULO XXII.- "Sigue la lucha por la supervivencia"

Jeromín de Posada

“Jeromo tenía un taller de construcción de carros en Posada y con él trabajaban dos de sus hijos. El primero fue alistado por las quintas y enviado al frente con la República. El pequeño de los dos, Jeromín, se había casado recientemente en Caldueñu y se incorporó voluntario también con el bando republicano.
El diminutivo del nombre no era sino por distinguirlo de su padre, pues era uno de los mejores mozos de la comarca.
En Posada había un ferretero al que se llevaron a la cárcel, pero como no se le conocía ningún delito fue puesto en libertad. Se comentó por aquel tiempo que alguien le había extendido un salvoconducto con el que poder embarcar rumbo a América, pero cuando estaba a punto de tomar un barco en el puerto de Santander fue vilmente asesinado.  Estos datos no están contrastados, pero fueron los comentarios que se difundieron en aquella época. Lo que sí es cierto, que se trataba de una buena persona que ayudaba a los vecinos dándoles amplios plazos de pago de las ventas que les hacía, sin aplicarles recargo alguno en el precio.”

En un grupo de alterados por la ilegal causa golpista, una vez tomada la zona por los nacionales y haberse trasladado el frente de guerra hacia Gijón, estaba el asesino de un joven quinto que se iba a incorporar voluntario al ejército republicano. Sus componentes, cuya identidad no es preciso hablar ya a estas alturas del tiempo transcurrido, denunciaron a unos doscientos paisanos suyos, cifra que según recuento de entonces queda corta,  y muchos de los cuales fueron fusilados.
Entre los denunciados figuraba Jeromín por el único delito de haber servido en el ejército con la República.

“Al acabar la guerra, regresa ileso a casa con el ánimo de seguir la actividad en el taller de su padre, pero no le fue posible, porque les habían confiscado el taller y a su padre lo tenían en la cárcel. Está bien claro que no hubo perdón para los que perdieron la guerra y esto es buena muestra de ello.
Alguien de entre sus amigos le previene de que pesa sobre él una denuncia y que de ser capturado seguirá el mismo destino que los demás, en una fosa común de la ería. No le queda otra que tomar el camino del monte y seguir los pasos de otros que como él se evaden de la “ley”. Sin pensarlo ni un instante, arranca hacia los montes de Porrúa y del Mazucu.
Al padre le dieron el aval, porque realmente nada podían achacarle, pero tal como les ocurrió a otras personas, con ironía podría decirse que Jeromo “tuvo suerte”. Como le habían requisado el taller de carrero con el que poder vivir, al salir de la cárcel decide establecerse en la vecina villa  Ribadesella. Allí pudo ganar con su trabajo de herrero algún dinero para contribuir a la subsistencia en el monte de su hijo Jeromín, el único que le quedaba.
Habrían pasado como siete u ocho años y Jeromín seguía huido por los montes. Tenía ya cogida tanta confianza en sí mismo que hasta se permitía  bajar todas las semanas hasta la casa de su mujer que vivía en Caldueño.
Un día que se celebraba la fiesta de Caldueñu, la mujer le manda aviso por un vecino de confianza, que aquella noche de la fiesta no se le ocurriera llegarse al pueblo, pues se había corrido la noticia de que le habían preparado una emboscada. El aviso no le llega a tiempo o fue que Jeromín hizo caso omiso de él.
La pareja de la Guardia Civil se fue a situar por encima de una cueva y allí permaneció oculta hasta que al oscurecer, ven aparecer a Jeromín. Le echan el alto justo cuando se disponía a subirse a las paseras que cruzaban el muro de una finca. Se paró en lo alto y justo cuando suena la descarga se dio la vuelta y se tiró al otro lado dejándose rodar prado abajo al amparo del muro. Los guardias pensaron que seguiría allí parapetado, pero tampoco se atrevían a comprobarlo por si tenía en su poder un arma.
En aquel mismo momento, llegaba un mozo, cuyo nombre también se omite, que bajaba corriendo desde el Mazucu. Los guardias le echaron el alto creyendo que era al que buscaban y corrieron a todo correr de modo que uno de los guardias perdió el tricornio en la carrera.
Al fin, logran detener al chaval por suerte para él sin hacer disparo alguno, al darse cuenta de que ni por la edad ni por el tipo se parecía al fugado; sólo se limitan a interrogarle por qué llegaba corriendo y que si había visto a alguien por allá arriba. Les dijo que bajaba corriendo para llegar pronto a la fiesta, por lo que tampoco pudo ver a nadie. Le obligaron a subir hasta el sitio de donde había bajado y que se fijase bien si había algo tras el muro.
<< – Así lo hice, por miedo a recibir algún culatazo si me oponía. Cuando pasé cerca de las paseras, vi al otro lado tumbado, cuan largo era el cuerpo de Jeromín que no me pareció estar con vida. Sin mirar hacia él, lo llamo en voz baja para no ser oído por los guardias que me observaban desde abajo donde los había dejado, sin dejar de caminar por el muro y como no me respondió, di por sentado que estaría muerto.
No se les había ocurrido preguntarme por mi nombre, así que seguí corriendo como me habían recomendado, hasta llegar al Mazucu. Se me habían quitado las ganas de fiesta.>>
Así me lo contó el testigo de estos hechos, pero no sé por qué me dio la sensación de que me estuviese ocultando algún otro detalle más de aquel doloroso acontecimiento.”

       Así fue como acabó Jeromín, a pesar de no tener nada imputable en su conducta, tan sólo el espíritu de supervivencia que los humanos compartimos en común con el resto de los animales.

El “Paxarín” de Mieres

       “Toca ahora hablar de un emboscado que se escapó de la cárcel. Se le conocía como el Paxarín de Mieres y se fue a esconder por los montes de Serreñu.
Una mañana se encuentra en las brañas con un falangista que le invita a comer y quedarse en su cabaña. En cuanto puede, manda aviso por otro  vecino para avisar a los falangistas y que les diga que tiene al “levantáu” cara a cara.
Permanece pendiente de la llegada de los refuerzos, cerca de la puerta de su cabaña desde donde se ve el camino que han de llegar los fusileros. Cuando al fin llegan y dan vista al sitio, le hacen señas desde otra cabaña, distante como a un kilómetro de la suya, desde la que un buen tirador puede hace blanco perfecto.
El delator sale de la cabaña cuando ve que los otros están ya dispuestos y llama al Paxarín para que salga y le ayude a recoger las ovejas que pastan en la misma finca donde está la cabaña.
– Échame aquellas corderas acá – le manda.
El Paxarín sale y va a por las corderas que pastan con sus corderillos en un extremo de la finca.
– Ahora lleva aquella becerra hacia los pastos de la derecha.
Cuando vio que el ganado donde lo habían dirigido no corría peligro de alguna bala perdida, le dice al fugado que todo está bien y que regrese a la cabaña.
En ese momento los tiradores salen de detrás de la cabaña donde esperaban la señal y en cuanto se les puso a tiro, le soltaron una descarga de cargadores que lo tumban.
Esa era la forma como cazaban a las personas aquellos criminales, como si de una cacería de jabalí se tratara, orgullosos de su gran hazaña.

Juan Sobrino fue otro de los protagonistas que hubo de guarecerse en los montes, para no ser ejecutado por aquellas mesnadas de asesinos.
La madre tenía un buen rebaño de ovejas a pasto por las brañas comunales en el monte. Una mañana como otras tantas mandó a su hijo a que las fuera a cuidar mientras ella atendía el resto del ganado de cuadra a la vez preparaba algo de comida para ambos.
El resto de sus hijos los tenía por el frente. Se habían marchado voluntarios unos y otros por la edad con el ejército republicano, cuando hubo finalizado la Batalla del Mazucu, por la intervención de la aviación extranjera que apoyaba al bando sublevado, aun pudiendo haber desertado e ir a esconderse, como otros lo hicieron por los riscos que tan bien conocían.
Juan tenía costumbre de regresar bien entrada la noche para casa. En una de ellas, los falangistas se apostaron a ambos lados del camino que pasa por Las Vegas donde le esperarían.
En cuanto le ven asomar en un alto del camino, le meten una descarga fallida ya que él, habiendo escuchado extraños ruidos, se echó al suelo en el preciso momento en el que las balas le hubiesen llevado por delante. Se dejó rodar prado abajo y regresó hasta los montes que eran su mejor refugio antes que su propio pueblo.

Antonio y Rogelio Villa, cuando regresaron del frente se escondieron en la casa paterna. En varias ocasiones fueron a buscarlos, sin dar con ellos y así poco a poco se pudo capear el temporal, pues querían matarlos como a los otro cinco. Al final fueron enviados al Campo de concentración  “La Vidriera de Avilés” a donde les hace  llegar don Salvador mil pesetas; una cantidad considerable de dinero para aquel tiempo.
       Fueron avalados porque no tenían nada en su contra y el día que pudieron salir en libertad para volver a su  casa, en presencia del jefe de prisión, uno de los hermanos, no importa ahora saber cuál de los dos fue, subido sobre un banco del patio les comunica a voces a los demás reclusos:
<<– Camaradas: Tengo la libertad en esta mano y en esta otra mil pesetas que entrego al jefe de prisiones para la mejora de la comida del rancho puesto que, si las reparto entre todos vosotros, no tocaréis a nada.>>
Así eran Antonio y Rogelio.”

sábado, 25 de marzo de 2017

43.- CAPÍTULO XXI: "Héroes de la resistencia"

El fin de la guerra no llega para los perdedores
“Ante el estado que tomaban las cosas en Llanes con las denuncias de los propios vecinos y la acción de la Guardia Civil por un lado y de la Centuria de voluntarios paramilitares de Falange, decidí, por miedo, tomar la frontera, aún sin tener ningún motivo para huir, salvo el de haber participado voluntario en el frente republicano, motivo más que suficiente para desaparecer del pueblo. Se lo dije a tu abuela que lloraba en silencio. Quedaba otra vez a cargo de las tres niñas. Yo fui hasta sus camas para darles un beso sin despertarlas, me despedí de ella y cogí el petate que tenía ya preparado, lo colgué a la espalda y bajé por la milana del pajar que daba a poca altura por detrás de la casa, para tomar el sendero del Colláu evitando así el paso por los otros barrios donde podría ser visto. Estaba decidido a cruzar la frontera en dirección a París donde ya había estado con diecinueve años de peón en la construcción”.
José Palacios de “Las Delicias” de Pancar
José Palacios era un vecino de Pancar que echó seis años por distintos campos de concentración, hasta que pudo regresar a la casa de su madre, en Las Delicias de Pancar.
Llegó a conseguir trabajo, pero yendo un día para el trabajo, se encontró en el barrio El Cotiellu con el Jefe de Falange que lo denunció y fue devuelto al campo de concentración donde lo retuvieron sin otra acusación que la de ser rojo, por tres años más.
Cuando al fin salió, José Palacios, con tan sólo treinta y dos años, daba el aspecto de doblar la edad. Pasó por el pueblo a recoger a su madre y a su hermana menor y se marcharon sin tan siquiera poder despedirse de nadie por miedo a ser detenido de nuevo.
El Bastianu, un héroe de valor.
El Bastianu fue otro de los que sufrió en aquella negra época de represión con armas, huido del avance de las tropas nacionales por la provincia de Santander de la que era natural. Se vino a refugiar en Porrúa en la casa de una familia conocida como “Los Bastianos”, nombre con el que se le conoce desde entonces y para la que trabaja en la hacienda.
El Bastianu era una buena persona y se había ganado el aprecio y el respeto de la gente de Porrúa, pues era un gran trabajador que ayudaba a la familia que le dio cobijo y comida.

Pero al ser tomada la zona de Llanes por las tropas rebeldes a partir del mes de septiembre de 1937, se forman las Falanges para la comarca.  
Una vez formada la Centuria, tomaron como primer objetivo ir a por El Bastianu que en ese momento se encontraba atendiendo las vacas de la cuadra. Seis falangistas de los más descarados, los que disponían de fusiles, le dicen que se dé por detenido en nombre de la ley.
El Bastianu, con mucha entereza y aplomo les pide que le ayuden a guardar el carro de verde para las vacas que tiene delante de la cuadra. Él se agarra a las varas del carro. Los seis falangistas arriman los fusiles contra la pared de la cuadra y se disponen a empujar el carro.
Sin pensarlo un segundo, suelta las varas del carro que cae sobre los seis y, tomando uno de los fusiles que tiene más cerca, huye entre un grupo de gente que había acudido para presenciar en primera fila la detención del Bastianu.
Huye a la carrera y consigue entrar en la ería “La Mazuga”. Es de lamentar que ninguno de los allí congregados mostró valor para defender la injusticia que trataban de hacer con el perseguido; por miedo a represalias, con toda seguridad.
El Bastianu pudo llegar hasta las brañas del monte en que permanece un corto espacio de tiempo con cierta tranquilidad.
Pero, entrada la primavera, sube la misma centuria a la que burló, con el objetivo de darle caza.
El de Santander se encontraba a punto de comer cuando los vio llegar a lo lejos, pero no debían de saber su escondite, por lo que bajaron sin la presa.
No obstante, seguían buscándole sin tregua, se informaron un poco de aquí, otro poco de allá y lo sorprendieron en el camino del valle “La Raíz” a donde se iba por las mañanas.
Este pequeño valle es aproximadamente de una hectárea, rodeado de picachos y estructuras calcáreas apropiadas como para apostarse tras ellas un pelotón de fusileros entre guardias civiles y gente de la centuria de voluntarios falangistas que acudieron antes de la madrugada.
El sol se asomaba tímidamente como si no quisiera presenciar ni colaborar en aquel trágico día que comenzaba.
Sería algo así como las nueve de la mañana cuando El Bastianu se encuentra con una buena mujer que le da el aviso:
– ¡Adónde vas, hombre, si te tienen rodeado de guardias!
Le dio las gracias, pero siguió su camino sin inmutarse. Llegó a la majada y se quedó allí estático con el fusil al hombro, entre dos rocas. Por esa valiente actuación pudo salvar la vida por segunda vez. Los guardias que le veían del otro lado lo confundieron con alguno de los falangistas por el aplomo y entereza con que actuó el mozo.
Al final, a los pocos meses de este acontecimiento, es sorprendido y apresado por la pareja de la guardia civil que lo llevó esposado hasta la cárcel o al paredón de Camplengo; esto está aún por ver.
En el trayecto de bajada se encuentran con un guardia falangista que, sin más explicaciones, le propina un par de bofetadas.
– ¿No ves que voy trincáu? – le echa en cara, el Bastianu.
También los guardias recriminaron la vil actuación del falangista.
Una vez llegados a Llanes fue conducido hasta la cárcel que había sido habilitada en el Colegio de La Encarnación, edificio que acabó convirtiéndose en los años sesenta en un afamado establecimiento hostelero.
Llegada la noche, momento acostumbrado para las ejecuciones, lo suben al carro del macelo municipal cubierto por una manta para preservar el anonimato de los ajusticiados, y poder registrarlos como fugados o desaparecidos.
Una vez delante de la puerta del cementerio de Camplengo, entre las dos casas que eran, la una para la familia del enterrador y la otra para el cura que atendía los oficios religiosos. El Bastianu con el valor y entereza que ya había demostrado en situaciones parecidas, sin darles tiempo a reaccionar a sus verdugos, les lanzó por encima la manta y huye al amparo de la oscuridad por los cercanos cuetos, para regresar hasta los recovecos y cuevas del Texéu.
Cuatro años más tarde llegó al cuartel un aval conseguido por la familia y cuando alguien le lleva la noticia, recoge el fusil que tenía escondido en una cueva y hace entrega de él en el establecimiento de Josefa la de Alejo, de Posada. Toma el camino a la cercana estación de Económicos y se sube en el primer tren que pasa hacia Santander.
Así termina felizmente la curiosa y valiente aventura del criado de los Bastianos de Porrúa.
Pasados bastantes años, ya terminado el período de la dictadura, por la fiesta del pueblo, llegó un autobús con gente de la vecina Cantabria, entre ellos familiares de “El Bastianu”. Por conocer el lugar y las amables personas que le habían dado refugio y afecto, que era la gran mayoría de los vecinos. 

42.- CAPÍTULO XX: "Viango"

Las brañas o sitios, como se les conoce en el argot de los pastores, son las propiedades que los vecinos de Parres tienen en Viango. Las construcciones consisten esencialmente en una cuadra para el ganado bovino y la cuerre para recoger el ovino. La cabaña es el recinto donde hace vida el pastor sólo y en ocasiones acompañado de su familia o parte de ella, en los meses del año cuando la actividad ganadera da más trabajo, como es la elaboración del queso, la siega y la recogida de la hierba, que en su mayor parte era bajada a hombros en cargas desde el monte hasta el pueblo para pasar el invierno.
Primitivamente, las cabañas, como cobijo de los pastores en el monte se hacían encima o compartiendo una pared con los establos del ganado con el objeto de aprovechar el calor de los animales. A medida que fue pasando el tiempo, con el conocimiento más preciso de las relaciones de las enfermedades con la falta de higiene, se varió el modelo constructivo, separando ambas edificaciones. Dependiendo también de la propia economía familiar o de la habilidad de alguno de sus componentes en el trabajo de la cantería se hicieron reformas en las viejas cabañas o se levantaron otras en las que se introdujeron elementos modernos de servicio en nada que envidiar a la vivienda del pueblo. 
Era de costumbre arraigada, ayudarse en la construcción o reparación de las cabañas. Para la techumbre había que subir desde el pueblo las tejas sobre animales, en el mejor de los casos, pero también a hombro o sobre la cabeza. Dependiendo de la fuerza y de la edad, cada vecino que participaba llevaba un número determinado de unidades. Hay que decir que el peso de aquellas primitivas tejas hechas a mano, tenían un peso doble o triple de las que se elaboran ahora. Mi abuela, de Porrúa me contaba que de moza, había ido en alguna ocasión a llevar tejas, un domingo, con otras amigas, como si de una diversión se tratase. 

No obstante, se mantuvieron en pie aquellas cabañas cuyos propietarios continuaron con la ganadería extensiva, o apostando por la producción del queso que al ser elaborado con los pastos naturales, consiguió siempre un mercado bastante estable. Hoy la mayor parte de ellas no son sino tristes vestigios del pasado, porque al cambiar los modelos productivos y económicos de la población, en gran parte por la emigración, la construcción y la proliferación de empresas del sector siderúrgico, principalmente, se abandonó el pastoreo tal como se había conocido hasta entonces. 

Todo el conjunto solía quedar cercado de muro cuya portilla daba al camino de tránsito hacia el pueblo o a los demás sitios de la majada. Las fincas particulares quedaban, en torno a la construcción, cerradas por muros de piedra caliza exclusivamente, por ser el material único y abundante en aquella majada. El resto de los pastos eran públicos o compartidos por todos. Visto así, el "sitio" es la propiedad que tiene una determinada familia en el monte y varios sitios no muy distantes forman como una especie de barrio. La situación del sitio depende mucho de la cercanía a un manantial y su charca de agua en la que abrevar el ganado. Para el consumo humano solían buscarse manantiales de aguas más seguras donde no accediesen los animales y que no estuviesen contaminadas que, en ocasiones, llegaban a estar distantes.

¿Por qué sangró la montaña?

 “Los acontecimientos comienzan con el encuentro entre los dos grupos de fugados que se refugian en el entorno del Valle Viango: de una parte, los llegados de Cabezón, que se habían echado al monte y se identificaban con los nacionales; de otra parte, un nuevo grupo huido del bando nacional.
Los primeros, mandan una carta al Jefe de Centuria, dándole cuenta de la presencia en el monte de los nuevos fugados. Para verse protegidos, deciden entregarse y se les encarcela para proporcionarles total seguridad.
En el monte, queda únicamente el nuevo grupo de emboscados republicanos y se refugia en la cueva “El Pláganu”. Se habla de un número máximo que llegaron a coincidir a la vez, en torno a los dieciséis, según las fuentes consultadas.
Los emboscados toman por costumbre salir de la cueva todas las mañanas para preparar el café en la cabaña del tío Benito Romano y de la tía Salud Rozada, situada a la distancia aproximada de un kilómetro de la misma. El matrimonio, por aquella época del año en que se dieron estos acontecimientos, aún tenía el ganado de monte invernando en los establos del pueblo, por lo que la cabaña estaba desocupada.
Hay otras dos cabañas que también distan, aproximadamente, otro kilómetro hasta la cueva “El Pláganu”.
Así es como se forma un triángulo equilátero entre los tres puntos geográficos, visibles entre sí y es la clave para entender el suceso que aquí se intenta explicar. El camino que discurre por debajo de estos sitios es uno de tantos que usaban los pastores para subir a las majadas, en la cordillera El Cuera.
Uno de los hijos del matrimonio, Mariano, que estaba casado en la Pereda con Pilar la de Críspulo y eran padres de seis hijos se había ido voluntario con el ejército de la República. Y tras él siguieron sus pasos Benitín y Ramón Romano Rozada. Los tres hijos del tíu Benito y de la tía Salud, cayeron en el frente de Asturias y de sus cuerpos jamás se supo el lugar en concreto donde quedaron sepultados.
Era una familia numerosa de personas entrañables y apreciada en la vida del pueblo, dedicada a la agricultura, al campo y al pastoreo. Además de los hijos víctimas de la guerra, Mariano, Benito y Ramón, tenían a María y a Lorenzo.
Desde el punto geográfico de las dos cabañas juntas se podía observar, por tanto, todo el ir y venir de los emboscados desde la cueva “El Pláganu”, hasta la cabaña solitaria, de forma acostumbrada por las mañanas sobre cuyo llar calentaban el café del desayuno, sin estar en ella sus dueños. Como ya se explicó, en aquel período del año, el ganado estaba siendo alimentado en el pueblo con la hierba seca del pajar y el verde que echaban las fincas de pastos.
La confianza y la rutina habría de jugarles una mala pasada. En el monte siempre hay ojos que vigilan, en este caso, son cuatro a falta de dos.
Se ponen de acuerdo y deciden bajar del monte. Uno dará aviso al jefe de la Centuria de Falange en Llanes quien, a su vez, se encarga de notificarlo en el cuartelillo. El otro irá a casa del tío Benito Romano, con el pretexto de que subiera con él hasta los comunales de “El Haba”, en plena cordillera del Cuera, porque se había acordado hacer sextaferia para limpiar la charca de agua en la que abrevaban el ganado durante los pastos del estío.
Un grupo armado sale de Llanes. Según la explicación que les proporciona el delator, disponen del tiempo preciso para estar en el sitio antes de las diez de la mañana, momento habitual en el que los emboscados dejan la cabaña para regresar a la cueva. Si no se llega a tiempo, es muy posible que se pierda la ocasión de cazarlos, con el riesgo que conllevaría, pues con toda la seguridad, se llegarían a enterar de quienes los habían delatado.
Serían aproximadamente una docena entre guardias y voluntarios de Falanges y deciden subir desde San Roque por el sitio de “La Mardola”, camino más sesgado y alejado de las cabañas que les da mayor seguridad de maniobra.
Por el camino ven a un chaval que bajaba con la leche para hacer el queso en su casa de la Pereda. Le dicen a media voz para no delatar su presencia a los de la cabaña, aquella frase tan significativa:
– “¿Hay alguien por ahí?”
El rapaz, alzando la voz más de lo debido para la distancia a que se encuentra con los guardias, pero suficiente para que sirviera de aviso a la gente de la cabaña, les contesta:
– ¡No hay nadie más por aquí! Motivo por el que fue amenazado, pero lo dejaron irse camino de la Muezca.
En tanto, según contó alguno de los fugados, habían escuchado las voces, pero como le conocían bien, se dijeron que era una de las bromas de Felipe y siguieron a lo suyo.
Llegados los guardias sin ser vistos a la primera cabaña, esperaron a que los de la otra cabaña saliesen de ella después de finalizar el desayuno. Desde allí podía seguir a la perfección todos sus movimientos y el retorno a la cueva, pues desde donde estaban también podían controlarla.
En tanto, el tío Benito y su acompañante salen del pueblo, acabadas las tareas de la cuadra hacia el sitio de “El Haba” para limpiar la laguna, justo al rasgar el alba, y para ello, llegados a la “Vega Quintana” remontan por la Cuesta “El Caballu”, hasta hacer cumbre en “El Texéu” por el portillo de “La Muezca”.
Cuando llevan andados unos centenares de metros desde el portillo de “La Muezca”, los dos hombres se separan en la primera bifurcación que hay de senderos y quedan en volverse a encontrar en el camino que sube a las brañas de “El Cuera”, justamente en el sitio conocido como “El Jou las Varas”.
Por tanto, el tíu Benito coge la senda de la derecha en dirección a su cabaña con la idea de recoger las herramientas con las que hacer el trabajo; mientras, su acompañante sigue recto para entrar en el valle y remontar las primeras estribaciones del Cuera.
Cuando está a menos de doscientos metros para llegar a la cabaña, a Benito le echan el alto los falangistas que estaban parapetados detrás de los muros de una finca y unas fornidas hayas.
Se escucha un disparo hecho desde “La Llosa”; debió de ser la consigna para comenzar la acción orquestada. Tres de los hombres se echan fuera de la cabaña por la milana y son abatidos por los disparos; sus cuerpos ruedan hasta la finca que está al pie de la colina. Los tiradores estaban apostados para evitar la huida de los acosados hacia las estribaciones del Cuera, donde se les perdería la pista de ser alcanzados.
Los otros trece hombres que lograron refugiarse en la cueva, permanecieron en ella, pues estaban igualmente rodeados. Valorando el riesgo de ser abatidos o esperar a que se concentraran al pie de la cueva la mesnada de fusileros, decidieron salir en bloque y dejarse rodar por entre los cantiles y jugarlo todo a una carta. Mejor suerte no correrían que la de ser apresados.
Once de ellos se echaron a rodar por entre las rocas que abundan en el terreno y lograron huir de forma dispersa en todas las direcciones. Los dos restantes del grupo prefirieron adentrarse todo lo que pudieron por galerías y oquedades en lo más profundo del vientre de la montaña.
Como tampoco los sitiadores podían saber a ciencia cierta si había quedado alguno dentro y tampoco notaron indicios de ello, sólo por prevenir, lanzaron dentro de la cueva un par de bombas de humo.
A punto estuvieron de morir asfixiados los dos fugados, pues resistieron en silencio hasta que pasado un tiempo prudencial, notando que los asaltantes se habían preocupado de dar caza al resto de fugados Texéu abajo, salieron y lograron llegar al alto de la cordillera desde donde se les ofrecía mejor perspectiva de salir en todas las direcciones.
De los que formaban el grupo en la cabaña, sólo podemos dar cuenta aquí de muy pocos:
Se hicieron variadas actuaciones por la zona para investigar el paradero de los otros trece fugados, ya que a buen seguro que la lista completa de ella ya obraba en poder del cuartel. Fueron capturados algunos, porque fueron aconsejados para que se entregasen sin huir ya que tenían posibilidad de ser amnistiados de no tener a su cargo una denuncia por uso de arma.
Uno de los dos que resistieron el ataque a la cueva, apodado “Torero”, hijo de Manuel de la Torre en Pancar fue indultado después de pasar un tiempo en la prisión.
En cambio, al hijo de “El Canciu”, vecino de La Portilla, lo sacan de la cárcel para llevarlo por delante camino del paredón de Camplengo. A la puerta de la cárcel, espera el jefe de la Centuria de Falange.
“Cancio” se tira de rodillas ante él implorando el perdón para su hijo.
– Pepe, !a quién maté yo! – le decía.
Sin embargo, no hubo respuesta ni compasión para el hijo del “Canciu”.
Al poco tiempo, en otra actuación en “La Carúa”, fue abatido su otro hijo. Así es como la casa del “Canciu” quedó vacía de hijos y tampoco se pudo cumplir el sueño de emigrar a México y volver con suficientes pesos para levantar otro palacio como el del “Coxu de La Guía” para asegurar la vejez de sus progenitores.
El hijo del “Zamoranu” de Pancar, era otro de los huidos que estaba con ellos. Quedó enterrado por algún sitio de la majada de Viango, si es que no lo bajaron sus familiares, pero de él nunca se habló más.
Uno de los tres abatidos en la cabaña era Vidal Llano Aguirre, mozo de la Borbolla con tan sólo veinticuatro años que había venido a esconderse junto con su hermano Manuel, cuando regresó a saber de su madre con la caída del Cinturón de Hierro de Bilbao donde él resistía junto a las tropas republicanas.
Otro de los tres caídos era de Andrín. Allí quedaron los tres cuerpos a disposición de los carroñeros. Cuando pasó todo y como ninguna autoridad acudió a hacerse cargo del entierro, fue tarea de los propios pastores de Viango que cavaron una fosa cuadrada, justo al lado de donde estaban los caídos, al pie de la colina por la que habían rodado, Para evitar ser desenterrados, cubrieron la tierra con rocas de los muros que por allí había. El paso del tiempo y el miedo producido por la represión en la que estaba sumida el pueblo, ocultó las rocas, cayendo en el olvido como un hecho más de los acontecidos en otros lugares. [(1*)]
Estaba también entre los emboscados Gabriel Dosal de Puertas de Vidiago que fue capturado tiempo después cuando trataba de pasar la frontera de los Pirineos; fue llevado a unas canteras de un campo de concentración del que por fin pudo huir y entrar en Francia donde permaneció hasta que las aguas por fin parecieron volver a su curso y regresó al pueblo.
Mientras tanto ocurre la acción, el que había subido con Benito se fue a sentar, tal como habían quedado en esperarle sobre el ribazo del camino que discurre sobre el “Jou las Varas” desde donde pudo observar su detención por parte de la centuria. Decidió continuar el camino hasta el alto del Cuera. Cuando llegó donde los pastores que los esperaban, como le preguntaron por la tardanza y los disparos que se escucharon abajo en Viango, les contó desconocer con exactitud lo ocurrido, pues tan sólo escuchó como ellos los disparos seguidos de gritos y mucho vocerío, pero nada más sabía de lo que allí podría haber ocurrido. Al llegar, había encontrado en las piedras del camino gotas de sangre y por miedo a que le sucediera algo se había escondido hasta que ver pasado el peligro, motivo por el cual se había retrasado en llegar a la hora convenida con ellos.
Un tiempo después, una patrulla visitó el sitio de la cabaña en la que se hallaban el tío Benito y su hijo Lorenzo. Llegaron por sitios seguros para no encontrarse con alguno de aquellos emboscados que poco o nada tenían ya que perder. Cuando empezaba a declinar el día, el grupo de falangistas bajaron al tío Benito y a su hijo Lorenzo por delante de ellos para prevenir que se escapasen, a puntapiés y culatazos, por el sitio de “La Mardola” que da vista al pueblo de San Roque y el Acebal. En el momento de ser detenidos en la cabaña, uno de los falangistas le quitó a Benito la abultada cartera, con la que habría podido comprar todas las propiedades existentes en la Llosa de Viango.
Las postreras luces de la tarde, teñían de rojo Los Resquilones en La Tornería, tal como la sangre que brotaba de las bocas, oídos y ojos de ambos apresados que se deslizaba hasta sus pies en un continuo goteo, tiñendo de púrpura las lisas areniscas del camino.
Al cruzar el puente de Llanes, la gente del mar que allí se encontraban a la espera de que subiera la marea para salir con sus chalupas a ganarse el pan fueron testigos silenciosos del despiadado trato que les habían dado a los dos detenidos.

[(1*)] Seguiré con la segunda parte de esta historia en el último capítulo del libro.